En Argentina, la falta de seguridad no es una sensación, sino una realidad alarmante producto del efectivo aumento del delito, de la ausencia de políticas por parte el Estado y de la desconfianza social en los sistemas judicial, policial y penitenciario.
La violencia en la que vivimos responde a múltiples factores que deben ser abordados.
La violencia en la que vivimos responde a múltiples factores que deben ser abordados.
Nos sitúa en el estado de naturaleza hobbesiano, una ficción que en el siglo XVII justificó la existencia del Estado para asegurar la defensa común de quienes estaban permanentemente en peligro de muerte, regidos por la fuerza.
Entre los factores relacionados con su aumento se encuentran la anomia, pobreza, desocupación, la existencia de fuerzas policiales desacreditadas, la impunidad, el narcotráfico, la corrupción.
Estudios de algunas organizaciones demuestran que el delito ha aumentado mucho en los últimos años. También ha aumentado la gravedad de los hechos cometidos, y ha bajado la edad de las personas que delinquen.
Según informó la Procuración de la Suprema Corte bonaerense, el índice de hechos ocurridos en la provincia de Buenos Aires aumentó en estos meses de 2009, un 15,5% en comparación con el mismo período de 2008. Y dentro de ese aumento, el 35% lo representan los delitos graves.
Entre los factores relacionados con su aumento se encuentran la anomia, pobreza, desocupación, la existencia de fuerzas policiales desacreditadas, la impunidad, el narcotráfico, la corrupción.
Estudios de algunas organizaciones demuestran que el delito ha aumentado mucho en los últimos años. También ha aumentado la gravedad de los hechos cometidos, y ha bajado la edad de las personas que delinquen.
Según informó la Procuración de la Suprema Corte bonaerense, el índice de hechos ocurridos en la provincia de Buenos Aires aumentó en estos meses de 2009, un 15,5% en comparación con el mismo período de 2008. Y dentro de ese aumento, el 35% lo representan los delitos graves.
En pocos meses, ha crecido la violencia cuantitativa y cualitativamente y si no se toman medidas la tendencia va a continuar.
Hoy se hace hincapié en las “cifras negras del delito”, los altos niveles de reincidencia -que muestran patentemente que la pena no está cumpliendo sus fines- y el hecho de que apenas el 2,7 por ciento de los delitos recibe sentencia condenatoria.
Sin duda, la performance de los tres poderes del Estado, de las fuerzas policiales y del Servicio Penitenciario está siendo muy baja.
La expresión “cifras negras del delito” implica reconocer que, más allá de considerar el aumento del nivel de delincuencia mediante la exposición de algunas estadísticas-, éstas reflejan apenas un tercio de la realidad. La gran mayoría de los hechos delictivos no son denunciados, o no son registrados.
Hace tres años, un informe del Centro de Estudios Nueva Mayoría reveló que en los últimos 10 años el volumen de delitos había crecido en Argentina el 70 por ciento mientras que la población sobre la que impactaban sólo había aumentado el 10 por ciento.
Y señaló como los cambios más evidentes la mayor violencia contra grupos vulnerables como los ancianos, la creciente presencia de menores que delinquen, la penetración del crimen organizado en general y del narcotráfico en particular, y la mutación de ciertas modalidades -hoy, en situaciones comunes como un robo o un hurto, es posible perder la vida o ser secuestrado-.
La inseguridad viene acompañada de otros fenómenos negativos, que yo entiendo son grandes desórdenes. En un caso se trata de desorden social y me refiero a los episodios de autodefensa que superan los límites de la legítima defensa y son actos de justicia por mano propia. Los ciudadanos se sienten abandonados por el Estado y actúan como en el estado de naturaleza hobbesiano, a veces sin sentido de la proporción entre la amenaza sufrida y la respuesta que dan.
Episodios del mismo tipo, con alarmante nivel de desproporción se dan en la Venezuela de Chavez, asediada por la inseguridad.
Otro gran desorden es de tipo institucional y ha sido permanente durante este Gobierno.
Hoy se hace hincapié en las “cifras negras del delito”, los altos niveles de reincidencia -que muestran patentemente que la pena no está cumpliendo sus fines- y el hecho de que apenas el 2,7 por ciento de los delitos recibe sentencia condenatoria.
Sin duda, la performance de los tres poderes del Estado, de las fuerzas policiales y del Servicio Penitenciario está siendo muy baja.
La expresión “cifras negras del delito” implica reconocer que, más allá de considerar el aumento del nivel de delincuencia mediante la exposición de algunas estadísticas-, éstas reflejan apenas un tercio de la realidad. La gran mayoría de los hechos delictivos no son denunciados, o no son registrados.
Hace tres años, un informe del Centro de Estudios Nueva Mayoría reveló que en los últimos 10 años el volumen de delitos había crecido en Argentina el 70 por ciento mientras que la población sobre la que impactaban sólo había aumentado el 10 por ciento.
Y señaló como los cambios más evidentes la mayor violencia contra grupos vulnerables como los ancianos, la creciente presencia de menores que delinquen, la penetración del crimen organizado en general y del narcotráfico en particular, y la mutación de ciertas modalidades -hoy, en situaciones comunes como un robo o un hurto, es posible perder la vida o ser secuestrado-.
La inseguridad viene acompañada de otros fenómenos negativos, que yo entiendo son grandes desórdenes. En un caso se trata de desorden social y me refiero a los episodios de autodefensa que superan los límites de la legítima defensa y son actos de justicia por mano propia. Los ciudadanos se sienten abandonados por el Estado y actúan como en el estado de naturaleza hobbesiano, a veces sin sentido de la proporción entre la amenaza sufrida y la respuesta que dan.
Episodios del mismo tipo, con alarmante nivel de desproporción se dan en la Venezuela de Chavez, asediada por la inseguridad.
Otro gran desorden es de tipo institucional y ha sido permanente durante este Gobierno.
El bombardeo mediático por parte del gobierno bonaerense, cuando a principios de mes criticó fallos de jueces y fiscales, en vez de usar las vías constitucionales que permiten revisarlos, es una muestra de ese desorden. También lo son ciertas declaraciones mediáticas de miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
El desorden, la falta de independencia de los poderes, la falta de ejemplariedad en rangos de responsabilidad jurídica tan altos, dañan el sistema institucional.
Una propuesta legislativa destinada a atacar uno de los principales factores causantes del aumento del delito –la impunidad- es aquella presentada recientemente en la Cámara de Diputados en relación al régimen de reincidencia.
Se propone revisar lo sancionado por ley 23.057/84, que modificó entre otros el artículo 50 CP relativo a la reincidencia. La cambió drásticamente, en la práctica implicó su inexistencia. Restablecer el sistema de reincidencia ficta en Argentina, significaría considerar reincidente a quien ha sido condenado por sentencia firme a una pena privativa de la libertad, y no a quien la hubiera cumplido total o parcialmente.
Algunas reformas penales de los últimos años no han tenido casi fundamentación por parte de los legisladores. Se ha tratado de decisiones políticas que sólo han llevado a mayor impunidad.
La reincidencia, o sea el mayor castigo para aquellos que vuelven a delinquir, debe ser nuevamente puesta en funcionamiento.
Si hoy en Argentina sólo el 2,7 por ciento de los delitos recibe sentencia condenatoria, mucho menor es la proporción de quienes son declarados reincidentes, ya que para ello deben haber cumplido total o parcialmente la pena que les fue impuesta.
La contracara de esta propuesta legislativa es igual o más importante que todo lo que se requiere legislativa y judicialmente para frenar la inseguridad: buscar urgente solución a la situación que se vive en las cárceles e institutos, adoptando medidas que garanticen el cumplimiento de las normas y tratados que se refieren al sistema carcelario, la resocialización, el proceso de salida de los internos.
Una propuesta legislativa destinada a atacar uno de los principales factores causantes del aumento del delito –la impunidad- es aquella presentada recientemente en la Cámara de Diputados en relación al régimen de reincidencia.
Se propone revisar lo sancionado por ley 23.057/84, que modificó entre otros el artículo 50 CP relativo a la reincidencia. La cambió drásticamente, en la práctica implicó su inexistencia. Restablecer el sistema de reincidencia ficta en Argentina, significaría considerar reincidente a quien ha sido condenado por sentencia firme a una pena privativa de la libertad, y no a quien la hubiera cumplido total o parcialmente.
Algunas reformas penales de los últimos años no han tenido casi fundamentación por parte de los legisladores. Se ha tratado de decisiones políticas que sólo han llevado a mayor impunidad.
La reincidencia, o sea el mayor castigo para aquellos que vuelven a delinquir, debe ser nuevamente puesta en funcionamiento.
Si hoy en Argentina sólo el 2,7 por ciento de los delitos recibe sentencia condenatoria, mucho menor es la proporción de quienes son declarados reincidentes, ya que para ello deben haber cumplido total o parcialmente la pena que les fue impuesta.
La contracara de esta propuesta legislativa es igual o más importante que todo lo que se requiere legislativa y judicialmente para frenar la inseguridad: buscar urgente solución a la situación que se vive en las cárceles e institutos, adoptando medidas que garanticen el cumplimiento de las normas y tratados que se refieren al sistema carcelario, la resocialización, el proceso de salida de los internos.
